René Escobar: cuestión de valores familiares

René Escobar, joven empresario mexicano, cabeza de uno de los despachos de asesoría fiscal más prometedores del país, es el mayor de tres hermanos. Su familia siempre estuvo muy unida, y todavía hoy funciona como la fuente de aprendizaje principal en su vida.

En efecto, los valores familiares impulsan a Escobar. En ellos está un reflejo útil para todo lo demás: el deporte, los negocios, la vida pública, en general. Con el ejemplo que le dieron sus padres, el fiscalista aprendió lo que verdaderamente significan la solidaridad, la gentileza, la generosidad. Incluso la bondad y la honestidad. “Mis padres siempre me inculcaron que debía apoyar a mis hermanos, por encima de cualquier otra cosa. Estar allí siempre para mi hermano y hermana”, dice. La familia es primero, pues. Ese mismo imperativo ahora lo procura insertar en su propia familia, con su esposa y sus hijos pequeños.

Pero más allá de la práctica del amor familiar, hay otras lecciones que René Escobar aprendió desde pequeño, y quizás no tan agradables, no tan naturales.

Escobar afirma que ha tenido suerte, que la vida le ha sonreído. Sin embargo, sí que recuerda ciertos hechos oscuros en su etapa de desarrollo, durante su infancia. “En mi familia nunca faltó nada, la verdad, pero cuando era niño vivía a mitad de muchas restricciones. Deseaba un montón de cosas, y mis padres no me las daban —porque no podían o no querían. Ahora veo que eso fue una parte fundamental de mi aprendizaje. Si quería algo, tenía que luchar duro por conseguirlo. Y de ahí partió mi carácter: logro todo lo que quiero, pero a partir del trabajo”.

Un niño no puede entender eso, de manera natural. En las primeras etapas de nuestra vida todo gira en torno al ego; no existe la noción de límite. Pero lo que se percibe en los años tempranos como una amargura, después demuestra ser una gran lección.

Eso también lo intenta Escobar transmitir hoy a sus cuatro pequeños hijos. Nunca les da todo lo que necesitan. Es la base de la educación en su hogar. Digamos que “el que quiere azul celeste, que le cueste”, sin importar la altura de la plataforma desde la cual cada individuo se impulsa, al principio. Y es que la satisfacción absoluta de todas las necesidades materiales no hace más que eliminar el hambre, además de alimentar egos caprichosos, cuyo destino no es otro que el sufrimiento.