Estadio Olímpico Universitario, el rugido de una casa

Habría que preguntar a cada uno de los arquitectos en cuestión, pero no creo que haya alguno que conforme imaginaba y dibujaba pensara en que estaba construyendo un edificio con el propósito de que pasaran cosas grandes; sucesos que pasen a la historia. La excepción debe de ser Augusto Pérez Palacios, Jorge Bravo Jiménez y Raúl Salinas Moro, quienes son las mentes responsables del Estadio Olímpico Universitario de la Universidad Nacional Autónoma de México.

No creo que haga falta señalar que aquí se dieron por inaugurados los Juegos Olímpicos de 1968. Esta era una de las tres partes en las que fue dividida: la parte destinada a los edificios académicos, la parte natural, que se iba a dejar intacta y la que corresponde al estadio.

Lo fascinante de la construcción viene desde la forma que toma el estadio si se le ve desde las alturas pues simula ser un sombrero de charro, sin embargo, algo que pocos saben es que este proyecto tendría algo así como un segundo piso o nivel para que pudiera dar cabida a más público.

Las zonas en las que está dividida son: el pebetero que es donde alguna vez brilló la flama olímpica, el palomar que es desde donde se hace la transmisión televisiva, y las cabeceras norte y sur. Por lo regular, cuando hay un partido de fútbol ésas ya están destinadas a un cierto público, en el pebetero se ubica la porra, mientras que desde el palomar cantan y alientan; la cabecera sur se presta a la porra del equipo visitante.

Pero lo fascinante se ve desde fuera, pues se pueden observar unos murales de la autoría de Diego Rivera. La cara que da hacia Insurgentes Sur tiene un mural dedicado a La Universidad, la familia y el deporte mexicano. Y la realización de este trabajo le tomó un par de años al artista que lo terminó en 1954.

Es decir, en este lugar no sólo se han ganado juegos y algunos campeonatos, también combina la historia, el arte y el deporte.

Abraham Cababie Daniel.