Cómo descubrí a Alfonso Reyes en uno de los hoteles en Monterrey

Cierto día fui a uno de los hoteles en Monterrey, el Fiesta Americana, y descubrí a un escritor que causó un gran impacto en mí. Deben saber que yo no conozco demasiado de literatura, ya sea mexicana o mundial, pero uno de los textos que me encontré de él me hizo comprender la razón de que exista una avenida tan grande en esta ciudad con su nombre. No podía ser nadie más que Alfonso Reyes, el regiomontano que ha dejado su paso por todo el mundo.

Su labor no se limita al mundo de las letras. Alfonso Reyes Ochoa era filósofo, poeta, ensayista, prosista y diplomático mexicano. Sus vueltas por el mundo y el reconocimiento que tuvo en diferentes partes del planeta, le hicieron ganarse el título de Regiomontano Universal. Era el noveno hijo de una familia de doce hermanos, donde siempre destacó, desde pequeño, por su inteligencia. Su vida estudiantil comenzó pronto, al menos, para la época, y en cada etapa demostraba una gran curiosidad por el aprendizaje de diferentes disciplinas. Todo ello le permitió seguir sus estudios universitarios, y se graduaría de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, ubicada en la Ciudad de México y que luego sería reconocida como la Facultad de Derecho. Posteriormente, deseoso de compartir ideas y pensamientos con otras personas, fue uno de los fundadores del Ateneo de la Juventud, donde se reunían algunos de los pensadores de esos tiempos a discutir las ideas más novedosas sobre filosofía, literatura, política y arte, haciendo grandes esfuerzos por difundir todo lo que ahí discutían, pues tenían un amplio interés por la difusión cultural.

Ahora bien, con el comienzo de la Revolución Mexicana de 1910, la suerte de la familia Reyes Ochoa cambiaría radicalmente. Con la caída del régimen porfirista, los Reyes, que tenían una gran relación con este tipo de gobierno, se verían acosados por las personas con ideales revolucionarios. Incluso, la etapa que vivieron quedó guardada en diferentes escritos del poeta, quien describía el pánico y el encierro que sufría al tener que escribir en una habitación reducida, donde guardaba un arma antigua, que pensaba sobre el hecho de tener que usarla en algún momento.

Sin embargo, cuando fue el golpe de estado para derrocar a Francisco I. Madero, el padre del poeta se vio involucrado, por lo que toda la familia tuvo que salir del país, de forma que no los detuvieran y encerraran. Su punto de destino fue España, donde el poeta tuvo la oportunidad de aprender sobre la cultura y relacionarse con otros escritores. Lograron regresar a México poco después, cuando los ánimos revolucionarios ya se habían calmado y el país comenzaba a enderezar el rumbo. Así, en 1920 fue nombrado secretario de la delegación de México en España, donde sería luego asignado como el encargado de negocios en el año de 1924. Luego, sería asignado como ministro en la nación francesa, puesto que ocuparía por tres años, para finalmente ir de embajador a Argentina.

Estando en Buenos Aires, lo contactó uno de los máximos escritores de la época, quien estaba atrapado como oficinista en un país asiático, debido al exilio en el que vivía. Se trataba de Pablo Neruda, a quien ayudó a colocarse en otro lugar. Posteriormente, se encargaría de la embajada en Brasil, formando parte del equipo de 1930 a 1936.

La conexión que estableció con Neruda era porque Alfonso Reyes ya comenzaba a sonar muy fuerte entre los círculos literarios de varios países. Tanto por su obra, como por sus ideas críticas, Reyes era muy alabado en su medio. Incluso, Borges llegó a decir que su prosa era la mejor que vería el idioma español en el siglo XX. Sus temáticas variaban mucho, y se trataban de temas mayormente relacionados con el mundo griego, aunque sin dejar de lado la vida nacional de México.

Al regresar a México, su experiencia en literatura y lingüística lo motivó a realizar varias funciones para su fomento. Una de ellas fue ocupar la presidencia de la Casa de España en México, lugar donde los refugiados españoles de la guerra civil podían hablar sobre sus ideas. El nombre luego se transformaría para ser llamado El Colegio de México, que sigue funcionando hasta nuestros días con gran prestigio.

Tuvo diferentes premios y reconocimientos hacia su legado en las letras, entre los que destacan su cargo en la Academia Mexicana de la Lengua y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Literatura y Lingüística que ganó en México. Incluso, llegó a ser nominado por Gabriela Mistral para el Premio Nobel de Literatura de 1949, pero el gobierno nacionalista de la época consideraba que tocaba temas más griegos que aztecas, por lo que no lo apoyó.

Recibió varias menciones de Doctor Honoris Causa, entre las que figuran las de la Sorbona, la Universidad de Berkeley, y la de Princeton. Su corazón ya estaba debilitado por la edad, por lo que murió en diciembre de 1959.